POLÃTICA
27 de junio de 2026
La foto que nadie quiere regalar: la verdadera batalla entre Axel Kicillof y el cristinismo por la conducción del peronismo
La disputa dentro del peronismo ya no gira únicamente en torno a una candidatura o a la estrategia electoral. Detrás de las presiones para que Axel Kicillof visite a Cristina Fernández de Kirchner en el departamento de San José 1111 se libra una pelea mucho más profunda: quién conducirá al peronismo en la etapa que viene.
En las últimas semanas, el kirchnerismo endureció su discurso hacia el gobernador bonaerense. Las declaraciones de Máximo Kirchner, las críticas provenientes de dirigentes de La Cámpora y los reiterados pedidos para que Kicillof visite personalmente a la ex presidenta dejaron de ser simples gestos de unidad. En distintos sectores del PJ ya se interpreta que la discusión es otra: la sucesión del liderazgo político del espacio.
Para el cristinismo, la imagen de Axel ingresando a San José 1111 tendría un valor que excede ampliamente una visita personal. En política, los símbolos suelen pesar tanto como los discursos. Quien atraviesa esa puerta para mantener una reunión con Cristina reconoce, al menos desde el punto de vista simbólico, que la ex mandataria continúa siendo la referencia indiscutida del movimiento.
Esa es precisamente la fotografía que el gobernador bonaerense parece decidido a evitar.
La estrategia que empezó a incomodar al kirchnerismo
Mientras el kirchnerismo buscó mantener el eje político en torno a la figura de Cristina, Axel Kicillof comenzó hace meses a construir un camino propio. El lanzamiento del Movimiento Derecho al Futuro, las recorridas por el interior bonaerense, la ampliación de su esquema de intendentes aliados y un discurso menos confrontativo con sectores del peronismo tradicional forman parte de una estrategia que muchos analistas describen como una "autonomía administrada".
No hubo ruptura. Tampoco un desafío abierto. Pero sí una decisión de dejar de aparecer exclusivamente como el heredero político de Cristina para empezar a mostrarse como un dirigente con volumen propio.
Ese equilibrio explica buena parte de las tensiones actuales.
Desde el entorno del gobernador sostienen públicamente el respaldo a la ex presidenta y rechazan cualquier lectura de enfrentamiento personal. Sin embargo, también evitan cualquier gesto que pueda interpretarse como una subordinación política.
El temor del cristinismo
Dentro del kirchnerismo existe una preocupación que ya comenzó a expresarse, aunque muchas veces entre líneas.
La estrategia de ambigüedad de Axel no parece perjudicarlo. Por el contrario. Diversos dirigentes del peronismo observan que el gobernador logró conservar el apoyo del núcleo kirchnerista sin romper puentes con gobernadores, intendentes, sindicatos y sectores del PJ que desde hace tiempo buscan una renovación del liderazgo.
En términos políticos, Kicillof empezó a ocupar un espacio que históricamente pertenecía exclusivamente al cristinismo, eso explica por qué cada semana aumenta la presión para que defina públicamente su alineamiento. La visita a Cristina aparece entonces como un hecho aparentemente menor, pero cargado de significado político.
No se discute una reunión.
Se discute quién conduce.
Máximo endurece el mensaje
Las declaraciones recientes de Máximo Kirchner terminaron de confirmar que la interna ingresó en una nueva etapa.
El diputado nacional cuestionó indirectamente al armado político del gobernador y dejó entrever que la unidad del peronismo no puede construirse desconociendo el liderazgo histórico de Cristina Fernández de Kirchner. Las respuestas desde el universo de intendentes cercanos a Kicillof tampoco tardaron en llegar. Sin romper formalmente con el kirchnerismo, comenzaron a defender la necesidad de construir un liderazgo que interprete una nueva etapa política, con mayor autonomía territorial y menor dependencia de la conducción histórica del Instituto Patria.
La pelea que definirá el futuro del peronismo
La discusión excede ampliamente las elecciones. En el fondo, el peronismo enfrenta el mismo interrogante que atraviesan todos los movimientos políticos cuando su principal figura deja de ocupar el centro institucional del poder.
¿Puede existir un nuevo liderazgo sin romper con el anterior?
El cristinismo parece responder que no. Por eso insiste en gestos de alineamiento y en reafirmar que Cristina continúa siendo quien ordena políticamente al espacio.
Kicillof, en cambio, parece apostar a otra construcción. No confronta abiertamente. No rompe. No desconoce la centralidad histórica de la ex presidenta. Pero tampoco acepta, hasta el momento, una imagen que lo ubique nuevamente en el lugar de dirigente subordinado.
La estrategia le permitió crecer políticamente durante los últimos meses y ampliar su base de sustentación más allá del kirchnerismo duro. Esa expansión explica por qué la tensión dejó de ser una discusión de dirigentes para transformarse en la principal disputa de poder dentro del peronismo.
En definitiva, la pelea por una visita es apenas la superficie. Debajo de esa discusión se desarrolla una competencia mucho más trascendente: quién será el conductor del peronismo cuando el liderazgo de Cristina ya no alcance, por sí solo, para ordenar a todo el espacio.
